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Un mar de sueños

Por Mauricio López Rueda

Fotos cortesía Fundación Humanos y Hermanos

Rubén Darío Tobón podría fácilmente interpretar a Papá Noel en alguna obra teatral, si no fuera por un motivo irremediable: es calvo. La bondad de este medellinense de 48 años no tiene límites, y su humildad es aún más significativa, pues cada vez que hace una buena obra, prefiere hacerla en silencio, lejos de los micrófonos y las cámaras, pero para infortunio de este comunicador graduado de la Universidad Pontificia Bolivariana, lo encontramos haciendo fila en una de nuestras taquillas de chequeo junto con 16 infantes, entre los 8 y 12 años de edad, rumbo a Montería, pues iban a visitar las playas de Tolú y Coveñas.

“Es una ecuación simple, cuando uno se da cuenta que la vida no es infinita, uno entiende que no debe acumular sin sentido, que debe devolver algo a la comunidad”, dice Rubén, dueño de la revista Informe Inmobiliario y de la empresa del mismo nombre, que lleva 18 años en la ciudad.

La historia de los bonitos actos de Rubén comenzó en esa misma revista y hace dos años empezó a pensar en cómo pagar tantas bendiciones que le daba la vida, e inició con los trabajadores de la construcción, creando el Proyecto Sonrisas, mediante el cual les permitió a 200 obreros acceder a tratamientos odontológicos complejos, con subsidios que llegaban incluso al 60%.

De modo que, tras haber llevado a cabo esa buena primera obra social, decidió darle vida a la Fundación Humanos y Hermanos, en enero de 2016, y de inmediato se puso a trabajar en un nuevo regalo para la ciudadanía menos favorecida. Formuló el proyecto Mar de Sueños, con el cual pretendía llevar a conocer el mar a pequeños estudiantes de instituciones públicas de bajos recursos. Fue así como conoció la IE Bello Horizonte, de Robledo, donde en colaboración con la Secretaría de Educación de Medellín, logró que 16 niñas y niños, se fueran a conocer el reino de Poseidón.

“Esto es algo emocionante y divertido, y muy emotivo saber que alguien se siente interesado por su futuro”, dijo Ximena Ramírez, estudiante de séptimo grado en Bello Horizonte.

Las familias de los pequeños sólo tuvieron que firmar los permisos porque el costo del viaje corrió por cuenta de la Fundación. Los niños no cabían de la dicha y, aunque ordenados, formaron una graciosa algarabía en nuestro hall central, ante la mirada complaciente de los adultos. Era una escena maravillosa, pues algunos de los padres de familia tampoco conocían el mar, e iban a resolver ese sueño a través de sus hijos, y todo gracias al buen corazón de Rubén, quien logró un acuerdo con la empresa ADA para conseguir los tiquetes de ida y vuelta.

El particular grupo de pequeños viajeros ya regresó a Medellín a contar una y otra vez la inolvidable experiencia. Y es que con sus pies descalzos removieron la arena; con sus ojos disfrutaron de las lejanas olas y de las bellas palmeras; y con sus gritos y sonrisas contagiaron de fiesta a todos los turistas de Tolú y Coveñas.

Y no sólo fueron a pasear, pues durante los cinco días de viaje aprendieron de ecología, de conservación de la vida marina, y todo ese conocimiento les sirvió para emprender una campaña de reciclaje en su colegio, en Bello Horizonte, donde hoy son los alumnos más aclamados y admirados. “Esto ha sido un descubrimiento muy bonito, saber que los niños aprendieron que tienen muchas más cualidades, que pueden ayudarse a sí mismos y a otros, que pueden aprender de las experiencias buenas y malas”, expresó la tallerista del viaje, Isabel Cristina Zapata, licenciada en Artes Plásticas y encargada de la parte pedagógica de la Fundación Humanos y Hermanos.

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