Festival Internacional de Tango
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Un amor de milonga

por Mauricio López Rueda

 

“… Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida, y se marchó”.

Tuvo razón Homero Expósito, siempre la tuvo. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”. Y esa frase contundente que hace parte de la bella canción Naranjo en Flor, que se hizo famosa en la voz del Polaco Goyeneche, parece resumir de cierta forma la vida de Luis Gustavo Castaño Olaya, un vallecaucano de nacimiento, criado en Caldas, y quien desde hace más de 40 años vive en Manrique, capital del tango en Medellín.

Luis supo sufrir, y de qué forma, cuando era niño. Igual que los personajes que narra Magaldi en sus llorosas canciones, la suya fue una niñez de pies descalzos y estómago vacío; de sueños escurridizos, de pesares continuos. Hizo la primaria a los tumbos. La mayor parte del tiempo tenía que dedicarla a las labores agrícolas junto a sus padres y hermanos. Para menguar lo arduo de las largas jornadas en los cafetales, el padre de Luis, don José de Jesús Castaño, siempre llevaba una grabadora de casetera, la colgaba de algún árbol y ponía a sonar tangos de Gardel, de La Roca, de Floreal Ruiz y de Julio Sosa.

Luis escuchaba esos tangos y esas milongas, y se imaginaba él mismo sobre un escenario, cantando de amores, de traiciones, de pobreza y salones de baile. Se imaginaba ofreciendo serenatas, llevando flores y exclamando poemas. “Papá, qué rico ir a un concierto de tango”, le dijo alguna vez a su padre, quien le respondió: “Hijo, le toca ahorrar, para cuando sea mayor, se vaya para Medellín. Allá hay mucho tango, allá murió Gardel”.

Tenía apenas 14 años y, desde entonces, Luis no hizo más que planear su escapatoria. Sin embargo, antes de hacerlo conoció a Dora Vásquez, su musa. La vio cargando agua a través de cafetales, la vio secando ropa al lado de un guayabo, y la vio reírse columpiándose entre dos algarrobos. Quedó prendado de ella, de sus ojos cafés, de su pelo castaño. Empezó a visitarla con frecuencia, a escondidas. Le llevaba dulces, frutas, y claro, le dedicaba tangos. Ella también se enamoró, y un día, al borde de un río, prometieron amarse para siempre.

“Era más blanda que el agua, que el agua blanda. Era más fresca que el río, Naranjo en Flor”, le cantaba. Sí, Luis supo amar, pero todavía no había declinado su plan de escape. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir”, dice la canción que más le gusta, y así lo hizo. A los 22 años hizo maletas y abandonó Anserma, Caldas. Siguiendo el Cauca tomó el camino rumbo a Antioquia, a Medellín, y a Dora le dejó una flor y una breve nota: “Volveré por ti, para casarnos, espérame”.

Ella lloró “lágrimas de sangre”, pero su corazón no se secó. Confió en la promesa junto al río, y siguió con su humilde vida mientras su amado regresaba. Mientras tanto, en Medellín, Luis trataba de hacerse a una vida. Buscó trabajo, consiguió un hogar y siguió las huellas de sus ídolos. Primero visitó el Aeropuerto Olaya Herrera, pues quería persignarse en el sitio donde había muerto el Zorzal Criollo. Luego visitó Manrique, donde suplicó por un puesto de mesero en varios de bares de tango.

Trabajó en El Marinero, en El Viejo Toño, en Nueva Ola y en Café Manrique. Lo llamaron de Guayaquil, para que administrara el Míster, y luego pasó al Málaga y al Salón de Billares Nueva York. Ahorró gran parte de sus ganancias y construyó una casita en Manrique, su barrio querido. Cuando puso el último adobe volvió a Anserma, por Dora. Luis tiene 77 años y ya no trabaja en bares. Ahora vende lotería.

Todos los días se levanta a las cuatro de la mañana, a las cinco baja hasta Benedán, compra 450 mil pesos en billetes, y empieza a venderlos en las calles, en las cafeterías y en los edificios de oficinas. Tiene muchos clientes y dice haber vendido dos premios mayores. Camina desde el centro hasta Manrique y siempre para en Café Alaska, donde escucha tangos hasta las dos de la tarde, mientras sorbe un tinto.

Cada año Luis viene con Dora a nuestra Plaza Gardel para disfrutar del Festival Internacional de Tango. Aquí vuelve a renovarle su amor, aquí vuelve a prometerle que la amará hasta la muerte, al vaivén de los tangos y las milongas.

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