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La milonga de Marcelo

por Mauricio López Rueda

 

“El tango hacía su voluntad con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar”, dijo Borges en alguna de las cuatro conferencias dictadas en 1965, cuya grabación nadie conocía, y que tras ser descubiertas por un coleccionista se transformaron en el libro ‘Tango alegre’. Esa definición del autor de ‘Ficciones’ no podría describir de mejor forma la danza del tango, ese baile sensual, arrabalero y sugerente, envuelto en una atmósfera machista en la que a la mujer sólo se le permite la rebeldía de mirar con pasión. Los pies dibujan figuras inefables y los torsos dan vueltas en total anarquía. Sí, los pies van avanzando sigilosos al compás de la melodía, del ritmo, pero las caderas provocan y huyen, una y otra vez, como amantes tormentosos y poéticos.

 

Marcelo Mesa no recuerda cuál fue ese primer tango que bailó en casa de sus padres, cuando tenía 18 años y estaba a punto de ingresar a la Universidad de Antioquia para estudiar Licenciatura en Educación Física. En todo caso, sí recuerda uno de los últimos, uno que le valió ganar otro premio, uno más en su extenso historial de éxitos: La Cachila, de Carlos de Sarli, una sempiterna milonga que compartió con una de sus tantas parejas de baile, Alejandra Sánchez, en el marco del Festival Internacional de Tango de Medellín.

“El tango es todo en mi vida. Me lo ha dado todo y también me ha quitado mucho”, dice este medellinense próximo a cumplir 40 años, quien nos enseña a bailar tango en sesiones gratuitas que ofrecemos cada miércoles en la noche en nuestro Patio Gardel, y los sábados cada quince días en las ya reconocidas Tardes de Tango y Milonga.

 

Su afición por ese arte rioplatense surgió cuando veía a su mamá cantar y bailar las elegías y letanías que dejó el Zorzal Criollo, Carlos Gardel. Ensimismado, el adolescente de pelo largo y rostro sudoroso, observaba a su madre por horas, y luego soñaba bailando en plazas públicas o en grandes salones. Se obsesionó con el tango y empezó a estudiar, a investigar sobre autores y canciones; sobre sus orígenes y sobre la relación de esa música con Medellín. Se enamoró perdidamente de Juan D’Arienzo y Oswaldo Pugliese, y poco a poco fue domando su cuerpo hasta hacerlo dócil para el bandoneón.

Ya son más de 20 años en el tango y cerca de 18 bailando. Sus primeros pinitos los hizo en el grupo Froilan Tango Show, que ensayaba en la sede del Tránsito de Caribe. Luego pasaría por muchos otros grupos, como Vos Tango, Ballet Nacional de Firulete y Boedo Tango. Conoció a una infinidad de maestros y se probó con más de treinta parejas.

 

Sin embargo, como buen tanguero, a Marcelo jamás le ha gustado ser gregario, de modo que un día se decidió a fundar y conformar el grupo Astrotango, con el cual ha ganado diferentes certámenes internacionales y nacionales. Perteneció también al IDC International Dance Company, grupo con el cuál mostró su arte en varias partes del mundo.

 

Hoy día, Marcelo nos guía por el camino del tango dos sábados por mes, de 3 de la tarde a 7 de la noche, y todos los miércoles a las 7 de la noche. Contagia a nuestros visitantes con ese ritmo irrefrenable de pasión y lujuria, un ritmo que lleva en la sangre y que hace poco le valió el premio, junto a Alejandra Sánchez, de ser los mejores bailarines en la categoría Adultos, en el XII Festival Internacional de Tango de Medellín, evento que es catalogado como el segundo más importante del mundo en este género musical.

 

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