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Juniniando con Gonzalo Mejía

Por Mauricio López Rueda

 

La década de los cincuenta se iba desvaneciendo en medio de las rimbombantes estructuras de los nuevos edificios, que crecían como maleza por entre las casas de los Uribe, los Puerta, los Echavarría y los Zea. De la “belle epoque” de Medellín ya no quedaban sino nebulosos rastros en la memoria de los mayores de 70 años de edad, quienes ya poco se asomaban a ese tumultuoso mundillo de comercios, billares y grilles de mala muerte.

Carlos Arturo Restrepo Mesa, quien apenas era un jovencito de 20 años cuando en el calendario asomaban los setenta a ritmo de guitarras eléctricas y estruendosas baterías, sí le encontraba gracia a la añeja calle del Resbalón, pues todavía se podía ver a las muchachas contoneándose frente al café Astoria, o fumándose un Condal Rubio bajo el dintel de la puerta principal del Club Unión.

Carlos Arturo, a pesar de su juventud, ya era un empresario reconocido en Junín, dueño de varios locales y heredero de la Casa del Niño y del Almacén del Deportista. De vez en cuando le estrechaba la mano al “Fabricante de Sueños”, quien para entonces ya era toda una leyenda no sólo en la ‘Tacita de Plata’ sino en toda Colombia, por sus desencuentros con Rafael Reyes, pero más aún por sus innovaciones en aviación, en cine y en grandes infraestructuras.

“Si es verdad que usted se perdió en el Darién buscándole salida a una carretera”, le preguntó una vez Carlos Arturo a don Gonzalo, quien ya achacoso pero igual de jovial como en los años veinte, respondió: “Mijo, yo me he perdido hasta en mi finca. Lo que pasa es que a mí me gusta caminar sin saber para dónde voy, para sorprenderme con lo que pueda encontrarme”.

 

En esos años de barullo; de insoportable ruido y rostros multiplicados, fue que don Gonzalo decidió vender su edificio más emblemático, aquel donde convivían el Hotel Europa y el Teatro Junín. Le entregó las escrituras a su buen amigo Alejandro Echavarría, quien construyó el edificio Coltejer.

Los que se dieron cuenta del negocio cuentan que al visionario Mejía se le salieron las lágrimas mientras firmaba el pacto de venta, y que quizás haya sido ese desprendimiento una de las causas de su fallecimiento, cuando apenas tenía 72 años.

En sus años finales don Gonzalo frecuentaba poco las viejas calles de La Candelaria, del parque Bolívar o del parque Berrío. Ya ninguna mujer se le parecía a su amada María Waleska. Ya ningún “amarillo” sabía tan bien como cuando se los tomaba acompañado de los Echavarría Misas, de Gabriel Ángel Villa o de alguno de esos médicos locos y humanistas de la naciente clínica Soma.

“Era buen amigo de Ignacio Vélez Escobar, pero en esos años de finales de los cincuenta se la pasaba más en su casa que en la calle, o quizás saliendo a volar en sus aviones desde el Olaya”, especula Carlos Arturo.

Cuando era joven, en el umbral del siglo XX, Gonzalo Mejía viajaba por todo el mundo aprendiendo y mezclándose con la alta sociedad neoyorquina, o con lo más bohemio de las rues del Barrio Latino en Francia.

Era alto, atractivo, jovial e inteligente, pero sobre todo innovador y recursivo. Leía mucho, por lo que su conversación era condimentada, profunda. Para enamorar a las mujeres solía tararear canciones de Agustín Lara o Charles Grenet, aunque con la pinta le bastaba para dejarlas derretidas.

 

Cuando iba al Club Unión, muchos iban a observarlo como si se tratara de una estrella de cine. Se emocionaban viéndolo fumar, con las piernas cruzadas, conversando con sus amigos.

“Ese señor es el dueño del Olaya Herrera”, murmuraban desde el quiosco del frente, o desde alguna ventana del Astoria.

“Ese es el dueño del Hotel Europa”, mascullaban otros.

Cuando era mucho el tumulto, don Gonzalo elevaba su mano derecha para saludar, y luego pagaba la cuenta y se iba, pues le molestaba un poco ser el centro de atención.

 

El productor de Bajo el cielo antioqueño, ese refinado dandi con rasgos de vasco y sentimientos altruistas, de vez en vez le gustaba caminar de puntillas, sin ser visto, para poder entregarse a sus anchas a sus hobbies, a sus sueños, a sus conversaciones. Es como si nunca se bajara de su Marichú, porque sus ojos siempre vendían la idea de que se la pasaba volando.

Y sí, le gustaba juniniar y mirar a las muchachas con sus vestidos esponjados, con sus sombreros nuevos y sus abanicos del zoco. Le gustaba el centro, por donde a veces caminaba como si fuera un detective infiltrado, camuflado para poder perderse.

Carlos Santiago Uribe, uno de los primeros dueños del pasaje Junín – Maracaibo, dice haberlo visto una tarde de martes tomándose un tinto en San Ignacio, mientras ojeaba un artículo sobre Débora Arango. Dice que llevaba un fino sombrero, y que tenía bigote y patillas azabaches. Dice incluso que lo vio pararse, soportado en un bastón, y caminar rengo hasta un carro de vidrios opacos que lo estaba esperando en Ayacucho.

Quizá fue verdad o quizá sólo fue la mente fantasiosa del señor Uribe, pero lo que sí es innegable, es que don Gonzalo Mejía Trujillo también bajaba al centro a fabricar sus sueños.

 

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