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Esperas en el Olaya

Por: Mauricio López Rueda

 
Comenzando la tarde de un viernes, la actividad se torna frenética. Las filas se multiplican, los aviones y helicópteros revolotean en las pistas como si se tratara de una parvada migrante, y los rostros dentro de los salones del aeródromo cambian incesantemente. Julio Teherán, un viajero con rumbo a Montería, se para frente a las pantallas que anuncian los vuelos, para confirmar la hora de su partida. Luego se sienta en uno de los sillones de la sala de espera y se pone a revisar su celular. Es amplio el gentío pero nadie grita, nadie corre, nadie se acelera. Un vuelo hacia Chocó está próximo a zarpar y Gloria Ocoró, sin impacientarse, continúa masticando las papas fritas que acaba de comprar, y con ellas en la mano derecha y su maleta en la izquierda, comienza a caminar hacia la puerta que da acceso a la pista. Mientras tanto, Sandra Gutiérrez y Alsina Villadiego reparan en las vitrinas de un almacén de souvenires, cotejando precios, formas, tamaños, pues quieren escoger el mejor regalo para sus sobrinas, quienes las esperan en la noche en Apartadó. Son cerca de las 3 de la tarde y nadie parece estar apresurado por marcharse. Y es que esperar en nuestras instalaciones, si el afán por viajar no es mucho, es un verdadero placer. La arquitectura patrimonial permite una adecuada acústica que no irrita a los viajeros, y el clima que se percibe no es ni demasiado cálido ni tampoco frío; es más bien fresco, templado. Los salones son amplios, relucientes; y la oferta comercial variada y accesible en precios. Estar aquí, a la espera de un arribo o de una salida, es apacible. Abundan las tiendas de “chucherías”, los cafés y los almacenes de servicios, ropa, maletines y demás. Incluso, muchas veces, se ven llegar personas con varias horas de antelación antes de sus vuelos, como si visitarnos fuera componente indispensable del viaje, del “paseo”.

 
Los señores permiten que embetunen sus zapatos y las señoras conversan bajo el acogedor influjo de un café caliente con croissant. Los niños fantasean con aviones de juguetes y otros recuerdos que exhiben las vitrinas, mientras que los jóvenes se prueban gorras, gafas y camisetas para estrenar en el lugar de destino. Otros se juegan la suerte con los loteros o en la oficina de Gana, mientras que las jovencitas renuevan sus carteras con perfumes, bloqueadores, pintalabios y desodorantes.

 
Es un mundo que palpita vitalidad y armonía, pese a que cada hora nuestros habitantes se renuevan. El secreto es la tranquilidad que se respira en el lugar, la limpieza de cada una de sus baldosas, de los baños, de los ascensores y escaleras eléctricas; la amabilidad de los trabajadores y comerciantes, y esa inesperada oferta cultural que logra que los visitantes, en vez de aburrirse, se amañen.

 

 
“Es que venir acá es un parche, como dicen los muchachos. Viajo con frecuencia, pero a veces no tengo que viajar y de todas maneras vengo, porque hay un concierto, un picnic, un baile de tango, un grupo tocando boleros. Esto acá es maravilloso”, señala Cecilia Ortiz, una mujer de 53 años, dueña de dos almacenes de ropa en Montería.
Las horas pasan con rapidez, sobre todo para los viajeros, quienes desde que ingresan se encuentran con muchas posibilidades para disfrutar la espera. De todo se encuentra aquí, pero ante todo, ofrecemos paz, sosiego, minutos de tranquila respiración antes de encaramarse sobre los cielos colombianos.

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