El zorzal criollo

El zarzal criollo

 

La historia de los pueblos del mundo se encuentra iluminada por los individuos, especialmente por los hombres y las mujeres que en sí mismos, en sus logros y en sus fracasos, sintetizan una época, una comunidad. Las sociedades se valen de hitos que permiten esbozar la forma, al principio difusa, del acervo de sus tradiciones y sucesos.

En Antioquia, el Aeropuerto Olaya Herrera hace parte de ese acervo. El ‘Olaya` es como la imagen de su movimiento hacia la quimera del progreso.

Pero paradójicamente, en la historia de nuestro aeropuerto son dos personajes extranjeros quienes lo han marcado con la rúbrica del suceso memorable: Gardel, omnipresente para el mundo hispanoparlante. El otro, Juan Pablo II, impactó sobre todo a nuestra región, que mantiene todavía un cierto candor, propio de comunidades que conservan vivas determinadas tradiciones.

Carlos Gardel, el gran cantante, el dandy latinoamericano, el hombre que consagró en todo el mundo al no por nostálgico menos bello ritmo del tango, inesperadamente terminó sus días en Medellín, lanzando con la estela de su vida y de su muerte, a esta ciudad en ciernes del año 1935, a las conversaciones de las gentes de la América Latina y de otras partes del globo. La pequeña pista del aeródromo de Las Playas adquirió una resonancia inesperada en las emisiones radiales y en las noticias impresas de la época.

Juan Pablo II, el Papa cosmopolita, infatigable pastor de almas a la busca de su grey, enfrentó a esta región al peso de su condición de guía de la Iglesia. Medellín vibró bajo la fuerza de su convocatoria: multitudes copiosas, el fervor religioso esparcido por doquier.

Gardel y Juan Pablo II —la febrilidad de la música y la bohemia, al lado del sentimiento religioso y de la fe—, dos símbolos del aeropuerto.

El Zorzal Criollo

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,

Los atareados años desafía;

Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura

Menos que la liviana melodía

Jorge Luis Borges

Fue una melodiosa entonación, una voz como hay muy pocas, la que después de su muerte se convirtió en un poderoso mito, que aún ahora nos llega hondo. Era Carlos — Carlitos — Gardel. Como intencionalmente, nos legó la fecha, mas no la forma precisa de su muerte, acentuando así el hálito de misterio que cubre su existencia.

Porque fecha precisa de su cronología, el 24 de junio de 1935, día de su deceso. De resto, gran parte se encuentra inmersa en un incierto ‘quizás`, un posible ‘tal vez`. Su nacimiento oscila entre los años 1881 y 1890. La penumbra de la duda rige además su lugar de nacimiento: Toulouse (Francia) o Tacuarembó (Uruguay). Los meses y los días también contribuyen a la confusión: algunos celebran su nacimiento el 21 de noviembre, pero hay quienes lo hacen el 11 de diciembre. Hombre de varias patrias, de varios natalicios, era este Morocho del Abasto , pero con un insoslayable destino fatal llamado Medellín.

Como hombre de mundo, Gardel recorría distintos países en su vertiginosa carrera artística. Europa, Latinoamérica y los Estados Unidos son testigos de esos avatares. Embajador del sentir gaucho, de las mitologías de las barriadas de Buenos Aires, Gardel hipnotizaba al público. Envuelto en su atractiva figura, unía a la tersura de su voz la imagen impecable del buen gusto. Todo esto contribuyó al fortalecimiento de su leyenda y posteriormente al mito intemporal.

Era un destino en cierto modo inevitable para un hombre que súbitamente se encontró en un raudo camino al éxito, valido de su voz y de su imagen, lo que resalta más cuando, según algunos investigadores, el Zorzal Criollo se sabía proveniente de una juventud de delitos y correccionales, de canciones trasnochadas en los bares, que alternaba con actividades de mesero, de voceador de periódicos y de malandra de esquina en el barrio El Abasto . Según este biógrafo, su vinculación con el mundo del latrocinio fue eficazmente borrada por la amistad del cantante con Eduardo de Santiago, un policía uruguayo exiliado por razones políticas en Argentina, quien luego haría una exitosa carrera en el Departamento de Policía de Buenos Aires, destruyendo oportunamente el prontuario de Carlos, que contenía su reclusión en la prisión de Ushasia, enclavada en la Tierra del Fuego, de la cual habría regresado en el año 1907 a bordo del vapor Chaco.

Continuando una larga tradición de la humanidad, evidentemente Carlitos Gardel se esmeró en subsumir en el olvido los días oscuros de su vida, promoviendo colmadamente su aspecto de hombre de bien, culto y refinado.

Supuestamente hijo de Berthe Gardes, francesa inmigrante en Uruguay y en Argentina, quien mantuvo relaciones con el coronel Carlos Escayola, su posible padre. Quizás la señora Gardes no fue su madre biológica, pero al fin de cuentas, fue ella la figura que siempre recordó Gardel, que es lo que realmente importa. Berthe, la que al enterarse de la muerte del cantante en Medellín, afirmó que vendría a llorar sobre la tumba de su hijo muerto.