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Del Payanca al Olaya en una tarde de milonga

Mauricio López Rueda

Los asistentes a las clases de tango los miércoles, o a los espectáculos de tango y milonga los sábados, también dejan historias maravillosas para compartir con nuestros usuarios.

“Se llamaba Judith, y digo se llamaba porque no la volví a ver, y por eso la busco, porque puede que esté viva. Era una mujer de finos cabellos: rubios y largos; y su cintura hipnotizaba al caminar; y su voz, ¡Ay!, su voz, era siempre un poema aunque dijera una grosería”.

Así describió don Alonso Gutiérrez a una mujer desconocida, sentado en la barra del Payanca, un lúgubre bar de tango ubicado en el costado occidental del Parque Bolívar. 

“¿Es que usted no se acuerda de ella? ¿O de mí? ¿No se acuerda que bailamos Cuartito azul de Ignacio Corsini?”, insistía el viejo mientras se apuraba un aguardiente a las dos de la tarde, mientras afuera bullían las marchas de los estudiantes rumbo a la Plaza de las Luces. 

Al salir del bar, a eso de las cinco de la tarde, Alonso, un maestro de obra nacido en Manrique en 1948, se sentó en el atrio de la Catedral y se fumó un cigarrillo. Luego pensó en volver por otro trago, pero entonces se acordó de la canción, y como en ella llora Corsini, el hombre cantó en silencio, aunque desde lo más profundo de su alma: 

“Cuartito azul, de mi primera pasión,

Vos guardarás, todo mi corazón;

Si alguna vez, volviera la que ame

Vos le dirás, que nunca la olvidé;

Cuartito azul, hoy te canto mi adiós

Ya no abriré, tu puerta y tu balcón”.

Después de su lamento, don Alonso, que es padre de tres hijos y divorciado después de un matrimonio que duró 25 años, tomó una maleta de viaje y se fue caminando hasta la estación del Metro de Parque Berrío. Iba rumbo al aeropuerto Olaya Herrera, pues le habían ofrecido trabajo en una ferretería de Apartadó.

Por eso fue al Payanca, por última vez, a ver si encontraba esa mujer de cabello de sol que le impidiera marcharse. 

Ya en el Olaya, mientras esperaba su vuelo empezó a caminar por los pasillos hasta que llegó al Patio del Tango, donde está el busto de Gardel, y se quedó un rato mirando a un grupo de personas que se aprestaba para recibir una clase de baile. 

Alonso, que todavía tenía una hora antes del vuelo, empezó a animarse cuando Marcelo Mesa, el profesor de la clase, puso una canción de Jorge D’Arienzo para calentar los músculos de sus alumnos. 

Entonces también Alonso se despojó de su bolso y se formó con los demás para seguirle los pasos al joven y premiado profesor. 

“Bueno, saludemos a nuestro nuevo bailarín, y démosle un aplauso”, sugirió Marcelo mientras estrechaba la mano de Alonso, y a continuación siguió con la clase. 

Bailaron Paciencia, de Jorge D’Arienzo, de 1937. Alonso, mientras daba vueltas con su pareja imaginaria, recordó que Cuartito azul es de 1936. Luego miró el busto de Gardel, quien falleció en 1935 en ese mismo aeropuerto donde él, mientras esperaba un vuelo para Apartadó, se apartaba de su dolor al ritmo de la milonga. 

La segunda canción fue Quiero verte una vez más, de Rodolfo Biagi, y entonces Alonso, que ya sonreía a pesar de su dolor, se aferró a su pareja y apretó los dientes para no llorar, y tras terminar la canción, tomó su bolso y, sin despedirse, se alejó rápidamente.

Faltaban apenas 10 minutos para el vuelo a Apartadó cuando una aeromoza empezó a llamar a los pasajeros. Todos subieron en orden al aeronave, menos una persona: Alonso Gutiérrez, quien a esa hora iba en un taxi rumbo al Payanca, dispuesto a no perder el amor de su vida. 

Cuando llegó estaba sonando Invierno, de Francisco Canaro, una canción nostálgica que invita a las lágrimas. Pero Alonso no lloró, sólo se sentó en una mesa y esperó, y mientras lo hacía pensó: “Para Apartadó puedo salir mañana, pero ¿qué tal que mi amada llegue esta noche?”.

En una mesa contigua estaba sentada una rubia, borracha y abstraída en sus propios pensamientos. Alonso tuvo el impulso de sentarse a su lado, pero desistió. Y en medio de la noche fría se quedaron los dos, oyendo tango tras tango y esperando, esperando el amor. 

Las tardes de tango y milonga en el Olaya son los sábados cada quince días. Las clases son todos los miércoles, desde las siete de la noche. Y en ambos eventos, siempre, habrá una maravillosa historia que compartir. 

 

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